Dios se nos ha revelado
en las Sagradas Escrituras, ese maravilloso conjunto de 60 libros escritos por
32 diferentes autores que escribieron lo que les inspiro el Espíritu Santo a lo
largo de mil setecientos años, y que nosotros hemos llamado La Biblia. La revelación de Dios es progresiva a lo largo de la línea del tiempo de la historia del pueblo judío. En esta historia, la venida del Cristo es la
culminación de los tiempos. Todo lo que
sucede antes, apunta a su venida, y todo lo que sucede después, habla de la intervención
de Dios en la historia de su pueblo y de la humanidad para cumplir sus promesas
de salvación. Conocemos el período anterior a su venida como Antiguo Testamento
y los escritos a partir de su nacimiento, como el Nuevo Testamento.Todo esto
parece muy básico, pero es necesario dejarlo establecido para afirmar lo que
sigue.
El Antiguo Testamento (AT) debe ser
entendido, sí y sólo sí, a la luz de la revelación del Nuevo Testamento (NT)
donde el AT es “sombra de lo que había de venir” (Col. 2:13-17; Heb 8:5; 10:1).
Una gran y recomendable ayuda para entender esto en profundidad, se encuentra en la carta a
los Hebreos; es recomendable leerla en una versión de
lenguaje actual, completa y como si no tuviera capítulos ni versículos porque así
fue escrita.
“SOMBRAS NADA MÁS”
Una sombra es la proyección que
la luz provoca al incidir sobre algo sustancial o en
una superficie. Esta sombra resulta en una percepción claramente entendida de
aquello que la produce, o
por otro lado, en algo complejo y muy
difícil de interpretar. Entre ambos extremos tenemos un sinfín de grados de
complejidad cuya comprensión dependerá del nivel de antecedentes e información
que tengamos acerca de la sustancia en cuestión. Por ejemplo, al observar la
sombra de un balón de futbol sobre el pasto u otra superficie, no será muy
difícil descubrir que es una esfera y luego podremos, al observar otros
detalles, colegir que es una pelota de futbol, básicamente porque se trata de
una forma simple y muy conocida. En la medida que la sombra proyecte algo más
complejo o sólo un aspecto de éste, será más difícil su reconocimiento o
interpretación.
En consecuencia, el AT prefigura en
un bosquejo de sombras la sustancia del NT. El AT representa externamente
mediante tipos, ritos y ceremonias, lo que en el NT se cumple en la persona del
Cristo. La Biblia entera es
cristocéntrica. Los cristianos, sin embargo, aún podemos
extraer instrucción espiritual del AT. Además, con la sombra (AT) y la
sustancia (NT), podemos aguardar el día del pleno
entendimiento espiritual (1ª. Cor. 13:12).
En el caso de los tipos, éstos casi
sin excepción prefiguran al Mesías o a la iglesia, en alguna de sus cualidades,
características o ministerios. No debemos
olvidar que el tema central de las Sagradas Escrituras es el cumplimiento de la
promesa de Dios de enviar un Salvador para su pueblo. Los tipos que prefiguran
los imperfectos líderes del AT, cuando actúan haciendo la voluntad de Dios, lo
son del perfecto Cristo que es la cabeza de la iglesia.
Tomare sólo algunos
ejemplos, de la forma más simple posible. Noé es tipo de Cristo en cuanto
salvador de la humanidad de la destruccion del justo juicio de Dios (diluvio) y
el arca lo es de su obra redentora. Moisés es tipo de Cristo en cuanto a
mediador entre Dios y su pueblo. Aarón lo es en cuanto a su labor de Sumo
Sacerdote. David es tipo de Cristo en cuanto a tener un corazon del cual Dios
se agradaba.
En el caso de Israel o
del pueblo judío, el tipo prefigurado es el de la iglesia, del pueblo de Dios.
Este es un aspecto muy importante al considerar las promesas de Dios para su
pueblo en el AT para no caer en el error de interpretar que eran sólo para los
judíos. Según Efesios 2:14-18, son aplicables a la iglesia hoy, ya que ésta es
la depositaria de las promesas y profecías de Dios para su pueblo. No olvidemos
que los gentiles fuimos injertados en el olivo que era Israel para que de los
dos pueblos quedara sólo uno como resultado de la obra de Cristo. Hay un solo
pueblo de Dios hoy y es la iglesia de Cristo
lavada y comprada por su Sangre. Otra vez, el pueblo de Dios es uno solo y esta
formado por todos los nacidos de nuevo por la fe en Cristo Jesús y lo que El
hizo en la cruz del calvario. Así sean judíos, romanos, griegos, chinos,
africanos, escandinavos, etc.
EL PUEBLO DE DIOS ES UNO
SOLO
Existen muchos mitos
acerca de lo que sucede en el Medio Oriente con el Israel geopolítico, la
reconstrucción del templo de Jerusalén y la reanudación de los sacrificios. Si
pensamos y creemos así, olvidamos que el sacrificio perfecto fue realizado por
Jesús de una vez y para siempre, y que el único templo de Dios somos nosotros
por su Espíritu, piedras vivas, siendo Jesús la piedra angular según el deseo
de Dios para estos tiempos finales. Asi que resulta bonito cantar, danzar y
vestirse como hebreo, tener candelabros de siete brazos con velas o sin ellas,
usar una estrella de David o adherir a la celebración de alguna fiesta judía;
pero esto no pasa de ser religión ineficaz y no tiene ningún efecto especial en
el ámbito espiritual. El “reloj de Dios” es su Iglesia, de la que los judíos
salvos tendrán que formar parte creyendo en el sacrificio del Cordero de Dios
que es Jesús.
La historia de la
humanidad comienza con Adán y Eva en el edén de Dios. Luego de la caída por el
pecado de desobediencia, Dios prometió que de la simiente de la mujer enviaría
a un salvador que heriría a la serpiente mortalmente en la cabeza aunque esta
lo heriría en la pantorrilla (Gen 3:15). Luego se inicia por parte de sus
descendientes, los patriarcas, un caminar lleno de altibajos, de intentos y
fallas por establecer una relación y de hacer la voluntad de Dios en
obediencia. Al venir la Ley con Moisés, ya conformado su pueblo, siguieron muchísimos
años de repetir siempre los mismos errores y la imposibilidad por parte de los
hebreos de cumplir a cabalidad la Ley de Dios.
El gran valor de las
Sagradas Escrituras y que avala aún más su veracidad, es que no oculta los
defectos ni los pequeños y grandes yerros de los líderes y miembros del pueblo de
Dios.
Si bien es cierto que
Dios derramó juicios sobre Israel, no es menos cierto que tuvo abundante
misericordia y pasó por alto muchas circunstancias en que si hubiese obrado su
justicia, Israel hubiera terminado destruido completamente. En esos casos se
mostró tardo para la ira y dispuesto a esperar el arrepentimiento de su pueblo,
de esta manera estaba anticipando su gracia derramada en el NT a causa del sacrificio acepto del Cordero de
Dios que quita el pecado del mundo (Jn. 1:29).
La derrota del ser
humano no sería para siempre, vendría un segundo Adán sin pecado (1a Cor.
15:45) que daría origen a una nueva humanidad, renacida santa, justa, redimida,
restaurada y no por genética o voluntad de humana, sino de Dios, por Dios y
para Dios (Jn. 1:12-13).
Cristo estableció un
nuevo y mejor pacto en su cuerpo y en su sangre (Luc. 22:19-20). En este nuevo
pacto habiendo quedado demostrada la incapacidad del ser humano para cumplir su
parte en el AT, Dios decidió hacer la tarea completa demandando sólo que creyéramos
en el perfecto sacrificio de Su Unigénito (Jn. 3:16). Los meritos son de Jesús
y sólo de Él; nosotros recibimos la gracia otorgada por el Padre en la muerte
redentora de Jesucristo. Dios se agradó y aceptó el sacrificio presentado por
Jesús en expiación por todos nuestros pecados.
Si algo puede agradar a
Dios, es solamente Su Hijo en quien El tiene complacencia (Mt. 3:16-17).
Nosotros para agradarlo, tenemos que estar escondidos en Cristo; nada que
podamos hacer por bueno que sea, podrá agradar a Dios porque "nuestras
justicias son como trapo de inmundicia" (Is. 64:6). Si oramos, tenemos que
hacerlo en el espíritu, si cantamos o ayunamos o cualquier otra cosa, tendremos
que procurar que el Padre nos vea a traves de Su Hijo. Los únicos méritos que
tienen valor delante de Dios son los de Jesucristo; somos salvos por gracia por
medio de la fe en Cristo, no por obras para que nadie se gloríe en su propia
bondad, en su justicia o en su propia santidad.