UN MEJOR PACTO
Rubén Chacón.
Nuestra Biblia se divide en dos grandes secciones:
Antiguo y Nuevo Testamento. La palabra “testamento” hace alusión al antiguo y
nuevo pacto, respectivamente. Sin embargo, en el Antiguo Testamento encontramos
varios pactos: El pacto de Dios con Noé, con Abraham, el pacto de Dios con
David, con Salomón, etc. Por lo tanto, es pertinente la pregunta ¿a cuál pacto
se refiere el título Antiguo Testamento? Pues bien, el título Antiguo
Testamento dice relación con el pacto de Dios con Israel por medio de Moisés.
Este pacto se encuentra registrado a partir de Éxodo 19:
“Ahora, pues, si
diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial
tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis
un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los
hijos de Israel” (vs. 5-6).
En rigor entonces, el Antiguo Testamento o Antiguo
Pacto no comienza en Génesis 1:1, sino en Éxodo 19. En efecto, aunque el nombre
Antiguo Testamento engloba los 39 libros que lo conforman, no obstante, los
hombres de las épocas relatadas en el libro de Génesis y hasta el capítulo 18
de Éxodo, no vivieron bajo el antiguo pacto, sino bajo otras condiciones. Por
ejemplo, Abraham y sus descendientes vivieron bajo el pacto que Dios concertó
con él (Gén. 15:18). Este pacto fue una alianza de fe, no de obras. De hecho,
Abraham fue justificado por la fe, al igual que los creyentes del nuevo pacto.
Por lo tanto, no sería una herejía afirmar que Abraham pertenece al Nuevo
Testamento, aunque su historia está relatada en el Antiguo Testamento.
Ahora bien, el pacto concertado por el Señor con el
pueblo de Israel en el monte Sinaí, acapara toda la atención desde el capítulo
19 de Éxodo. Desde allí y por todo el resto del Antiguo Testamento, los hombres
están regidos por el pacto de la ley de Moisés, por alrededor de 1500 años
hasta Cristo. Desde Éxodo 19 hasta el último libro del Antiguo Testamento, del
profeta Malaquías, los israelitas están bajo el marco del antiguo pacto. Este
pacto, como vimos en la cita anterior, era un pacto condicional. Si Israel
guardaba el pacto, entonces ellos serían el especial tesoro del Señor. Las
promesas de Dios estaban condicionadas a la obediencia de los israelitas. Era,
pues, un pacto de obras. Por eso en Levítico 18:5 el Señor dice:
“Por tanto,
guardaréis mis estatutos y mis ordenanzas, los cuales haciendo el hombre,
vivirá en ellos. Yo Jehová”.
Según esta Escritura, la vida era obtenida como
resultado de guardar los mandamientos de Dios. Era todo lo contrario a lo que
dirá Pablo en el Nuevo Testamento: La vida eterna es el regalo de Dios en
Cristo Jesús (Rom. 6: 23). Por ello, cuando Pablo interpreta el texto de
Levítico 18:5 dice que “la ley no es de fe, sino que dice: El que hiciere estas
cosas vivirá por ellas” (Gál. 3: 12). Pero ¿qué pasaría si Israel no guardaba
el pacto? No solo no obtendrían la bendición de Dios, sino, peor aún, quedarían
bajo maldición:
“Maldito el que
no confirmare las palabras de esta ley para hacerlas. Y dirá todo el pueblo:
Amén” (Dt.
27:26).
Bueno, aunque Israel prometió tres veces: “Todo lo que
Jehová ha dicho, haremos” (Éx. 19: 8; 24: 3, 7), la historia del pueblo, sin
embargo, fue una negación constante y permanente de dicha promesa. La historia
de Israel fue una interminable historia de infidelidades a Dios. No habían
pasado ni siquiera 40 días desde la celebración del pacto (Éx. 24: 8), cuando
Israel ya estaba quebrantándolo: Hicieron un becerro de oro y se pusieron a
adorarlo y a hacer fiesta desenfrenadamente. Ya sea que los israelitas vivan
bajo los jueces o gobernados por la monarquía, la conducta es la misma. Dos
clarísimas, pero terribles síntesis así lo demuestran. La primera de ellas se
encuentra en el libro de Jueces 2: 11-21. Allí se da cuenta que la ira de Dios
se encendió contra Israel, y dijo: “Por cuanto este pueblo traspasa mi pacto
que ordené a sus padres, y no obedece a mi voz, tampoco yo volveré más a
arrojar de delante de ellos a ninguna de las naciones que dejó Josué cuando murió”
(vs. 20-21).
La segunda síntesis la hallamos en el libro segundo de
los Reyes 17: 6-23. Aquí, una vez más se deja constancia del fracaso absoluto
de parte de Israel por guardar la ley de Dios. En el v. 15 se dice: “Y
desecharon sus estatutos, y el pacto que él había hecho con sus padres, y los
testimonios que él había prescrito a ellos; y siguieron la vanidad, y se
hicieron vanos, y fueron en pos de las naciones que estaban alrededor de ellos,
de las cuales Jehová les había mandado que no hiciesen a la manera de ellas”.
Como consecuencia de esta continua desobediencia, Israel (el reino del Norte)
primero y posteriormente Judá (el reino del Sur) terminaron siendo llevados
cautivos: Por Asiria (722 a .C.)
y por Babilonia (586 a .C.),
respectivamente.
Dios siempre fue fiel a su pacto; pero no Israel. Por
eso, Dios también fue fiel en castigar todo pecado y toda desobediencia. Jamás
Dios pasó por alto el pecado y nunca eximió al pueblo de sus consecuencias.
Como dice el escritor a los Hebreos: “Toda transgresión y desobediencia recibió
justa retribución” (2: 2). Por esta causa el pueblo de Israel se llenó de
sufrimientos y tribulaciones. La historia de Israel en el Antiguo Testamento
está llena de desgracias y de tragedias. A falta de obediencia, Israel perdió
las bendiciones de Dios y se hizo objeto de las más grandes y terribles
maldiciones. Esta historia que no duró un par de siglos, sino alrededor de
quince siglos, suscita, no obstante, una pregunta: ¿Qué pasaba con Dios en el
intertanto? ¿Qué ocurría en su corazón? ¿Es que acaso nuestro Dios era solo un
Dios inflexible, gobernado solamente por una santidad implacable? Para
responder a estas interrogantes deberemos acudir al mensaje de los profetas del
Antiguo Testamento.
Así, comenzando con el profeta Isaías, descubrimos que
en medio de todas las advertencias y anuncios de juicios que hace Dios a su
pueblo, Isaías es fiel para descubrirnos también el corazón de Dios. No solo
muestra la severidad de Dios, sino también su bondad. Ejemplo de esto último,
es el capítulo 49: 14-16:
“Pero Sión dijo:
Me dejó Jehová, y el Señor se olvidó de mí. ¿Se olvidará la mujer de lo que dio
a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella,
yo nunca me olvidaré de ti. He aquí que en las palmas de las manos te tengo
esculpida; delante de mí están siempre tus muros”.
Dios no puede dejar de castigar a su pueblo; sin
embargo, tampoco puede dejar de compadecerse de ellos. Aquí, Dios se compara
con una madre. Para ellas no hay hijos malos. Así como en una madre recta
seguramente no faltará la disciplina para con sus hijos, tampoco faltará nunca
su amor por ellos. En todo caso, dice Dios, existe la remota posibilidad de que
una madre pudiera olvidarse de sus hijos para dejar de compadecerse de ellos.
Mas yo, agrega el Señor, jamás me olvidaré de ti. Dios siente por su pueblo
como una madre, a pesar de su severidad. ¡Qué precioso es nuestro Dios!
Miremos, ahora, al profeta Jeremías:
“Jehová se
manifestó a mí hace ya mucho tiempo, diciendo: Con amor eterno te he amado; por
tanto, te prolongué mi misericordia” (31: 3).
Y, luego, en el v. 20, agrega:
“¿Acaso no es
Efraín mi hijo amado? ¿Acaso no es mi niño preferido? Cada vez que lo reprendo,
vuelvo a acordarme de él. Por él mi corazón se conmueve; por él siento mucha
compasión –afirma el Señor”. (NVI).
Israel debió haber corrido la misma suerte que Sodoma
y Gomorra. Sin embargo, algo “traicionaba” el corazón de Dios. ¿Qué era? Su
compasión. Nuestro Dios también era padre de su pueblo, sentía como siente un
papá. Dios es justo y santo, es verdad; pero también es amor y misericordia.
Por último, acudamos al profeta Oseas, en 11: 8-9:
“¿Cómo podría yo
entregarte, Efraín? ¿Cómo podría abandonarte, Israel? ¡Yo no podría entregarte
como entregué a Adma!
¡Yo no podría
abandonarte como a Zeboim!
Dentro de mí, el
corazón me da vuelcos, y se me conmueven las entrañas. Pero no daré rienda
suelta a mi ira, ni volveré a destruir a Efraín. Porque en medio de ti no está
un hombre, sino estoy yo, el Dios santo, y no atacaré la ciudad” (NVI).
Adma y Zeboim fueron dos ciudades que, junto a las
ciudades de Sodoma y Gomorra, fueron destruidas completamente por el fuego de
Dios. Pero con Efraín, Dios no puede hacerlo. Con Adma y Zeboim, Dios fue
justo; con Israel es misericordioso. ¡Aleluya!
Finalmente, en el 14: 4, Dios toma una decisión
definitiva:
“Yo sanaré su
rebelión, los amaré de pura gracia; porque mi ira se apartó de ellos”.
Dios finalmente tomó el toro por las astas y anunció
la solución definitiva. Según Oseas, Dios nos amaría de pura gracia. Según
Jeremías y Ezequiel, Dios haría un nuevo pacto con su pueblo. Un pacto que,
según el escritor a los Hebreos, estaría establecido sobre mejores promesas y
que no tendría el defecto del antiguo. Jeremías lo profetizó así:
“Por lo cual,
éste es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice
el Señor:
Pondré mis leyes
en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios,
y ellos me serán a mí por pueblo; y ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a
su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el
menor hasta el mayor de ellos. Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca
más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” (Heb. 8: 10-12).
¿Por qué este pacto sería la solución definitiva? ¿Qué
tiene de distinto con el pacto antiguo? Tiene una diferencia que hace toda la
diferencia. ¿Cuál? La condicionalidad ha desaparecido. Con la sola excepción de
la fe, el creyente ha quedado eximido de toda obligación. El primer pacto tuvo
el defecto que una de las partes, el hombre, jamás pudo cumplir con sus
obligaciones. 1500 años fue tiempo suficiente para demostrarlo. La solución
sería, pues, que Dios lo hiciese todo. Pues bien, esta es precisamente la buena
noticia. En el nuevo pacto, Dios hace el 100%. Él lo hace todo. Por lo demás,
solo así el pacto tendría garantía de éxito. En el texto citado de Jeremías no
se observan condiciones que el creyente deba cumplir. El creyente no debe
hacer, debe creer. El justo por la fe vivirá. Amén.
No obstante, probablemente muchos me preguntarán: ¿qué
de los cientos de mandamientos que aparecen en el Nuevo Pacto y que los
creyentes deben practicar? ¿Cómo es que los creyentes están eximidos de toda
obligación? La respuesta la dará el profeta Ezequiel. Él anunció el nuevo pacto
en los siguientes términos:
“Y pondré dentro
de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis
preceptos, y los pongáis por obra” (36: 27).
¡Claro que el creyente debe guardar los mandamientos
de Dios! Pero ello, es obra de Dios; no nuestra. Él hará que andemos en sus
estatutos. Él hará que los pongamos por obra. ¿Cómo lo hará? Por medio de su
Espíritu que hizo morar en nosotros. ¡Aleluya! La justificación es obra de Él y
la santificación también es obra de Él. Así mismo lo será la glorificación. La
diferencia con el antiguo pacto no estaba, entonces, tanto en el qué, sino en
el cómo. Y esto hace toda la diferencia.
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